miércoles, 5 de julio de 2017 0 COMENTARIOS

Radio con mayúsculas.


Fuente: www.keywordsuggest.org

Me van a permitir que hoy les cuente algo diferente. Hoy no voy a escribir sobre política, economía, actualidad o cuestiones similares. En esta ocasión quiero hablarles de radio por un motivo que al final les explicaré. Aunque ya les avanzo que no está relacionado con que hoy haya salido la segunda oleada de 2017 del Estudio General de Medios que es la que mide, entre otras cosas, las audiencias radiofónicas.

Comenzaré diciendo que si tuviera que definir este medio con una sola palabra, probablemente propondría mágica. Sí, tiene un componente un tanto místico que la hace especial. Si se consigue crear el ambiente adecuado, la radio es capaz, a través de las ondas, de dar calor y compañía a quien está escuchando al otro lado. Si el locutor es hábil, este puede empatizar con sus oyentes y hacerles llegar a creer que les están hablando a ellos de manera individual y personalizada sin tan siquiera verlos o saber quiénes son. Cosa que, a mi juicio, no siempre ocurre en televisión. Dicen que una imagen vale más que mil palabras pero yo les respondo que, precisamente, la fuerza de la radio es que no tiene imágenes. 

En lo que a mí respecta, un servidor "descubrió" la radio a los 16 años. Empecé a escucharla de forma continuada porque encontré en ella entretenimiento al principio, y, tiempo después, información. Es un medio que uso a diario -en contraposición con la televisión que prácticamente ni la veo- porque, como antes he dicho, considero que es mucho más cercana que otros medios y consigue impregnarme de ese ingrediente mágico que la hace especial e irresistible. Mi afición y pasión por la radio es tal que la escucho a todas horas y en cualquier lugar que me lo permite. Me levanto y me voy a la cama cada día escuchándola; principalmente cadenas generalistas, aunque de vez en cuando también giro el dial buscando emisoras musicales. Si no puede ser en directo, por podcast. Si no puede ser por la FM, por Internet. Si no puede ser una emisora, otra. Radio, radio y más radio.

Se preguntarán por qué bemoles les cuento todo esto. Pues bien, durante este verano una gran amiga periodista está trabajando en una importante cadena de radio de ámbito nacional, casualmente la que yo escucho la mayor parte del tiempo. Cuando me lo contó me alegré mucho. Y hoy, por primera vez, he tenido el inmenso placer de escucharla hacer radio en esa cadena. Y créanme cuando les digo que todas esas cosas de las que les hablaba al principio se han multiplicado por tres o por cuatro. Miel sobre hojuelas. He sentido una sensación... indescriptible. Una mezcla de alegría y satisfacción difícil de explicar. 

No exagero si digo que ella es una gran profesional (¡y eso que todavía está empezando!) y que cada vez estoy más convenido de que la radio es un medio que le viene como anillo al dedo. Algo que, por otra parte, ya lo profeticé en su momento aunque no hacía falta ser un lince para saberlo. Tiene un timbre y tono de voz muy, pero que muy de radio. Ya se imaginan a qué tipo de voz me refiero, ¿verdad? Y no solo tiene la voz (que a fin de cuentas no es más que una de las cualidades que ha de tener todo buen locutor) sino que además sabe cómo manejarse ante un micrófono. Y es que, queridos lectores, no es lo mismo hablar por la radio que hacer radio. Y María hace radio: radio con mayúsculas.
miércoles, 21 de junio de 2017 1 COMENTARIOS

Buena voluntad tributaria

Fuente: marca.com
Leo en prensa digital que el afamado jugador de fútbol Cristiano Ronaldo pagará los 14,7 millones de euros que debe a la Agencia Tributaria de manera preventiva "con la intención de mostrar su buena voluntad". Y es que resulta que el portugués, al igual que otros deportistas del balompié, ha sido inspeccionado por Hacienda por tratar de ocultar ingresos procedentes de sus derechos de imagen a través varias sociedades pantallas.

Me sorprende que los medios enfaticen en mostrar la buena voluntad del jugador ante el fisco cuando realmente pretenden camuflar o disimular lo que verdaderamente hay detrás: que Cristiano Ronaldo ha sido acusado de un cúadruple delito fiscal y que el pago de la deuda de forma anticipada es fruto de un pacto con la Fiscalía para reducir una posible pena y de esta forma evitar su entrada en prisión (en el caso de que la sentencia fuera condenatoria, claro está).

Si este hubiera abonado en tiempo y forma sus obligaciones tributarias quizá sí podríamos hablar de buena voluntad, pero no ahora. No cuando la Fiscalía le acusa de cometer delitos fiscales. Por ello, predicar la buena voluntad del jugador en este momento es, cuanto menos, cuestionable. Al menos a mí me suena a chiste. La buena voluntad, bajo mi punto de vista, es cumplir con Hacienda cuando toca. Lo de ahora es una posibilidad (legal) que le brindaba la Agencia Tributaria como atenuante ante una futura hipotética sentencia condenatoria.

Pero oiga, que igual el Juez no ve indicios de delito fiscal y todo lo dicho carece de efectos. Que a este hombre, como al resto, le ampara la presunción de inocencia. Esperaremos, pues, al fallo judicial. Lo de los diferentes grados de percepción del fraude fiscal en función de si el defraudador es un cargo político o un jugador de fútbol (o un famoso cantante) mejor lo dejamos para otro día.
lunes, 6 de junio de 2016 1 COMENTARIOS

Campaña electoral de trincheras

Fuente: abc.es
Tras haber comprobado el nulo efecto del juego de pactos (o de tronos) en el Congreso de los Diputados, nos encaminamos de nuevo a otras elecciones generales. Una nueva llamada a las urnas que, de manera inevitable, lleva aparejada su tradicional campaña electoral. Digo inevitable porque ojalá nos la pudiéramos ahorrar, pues ya sabe el electorado qué dicen, qué piensan y cuáles son las intenciones de los principales partidos políticos; no es necesaria una nueva campaña para que los portavoces y líderes de las distintas fuerzas nos recuerden lo bien que lo han hecho ellos y lo mal que lo han hecho sus adversarios en estos meses.

Este juego promocional tendría sentido si, al menos, estuviera marcado por ideas y propuestas sólidas. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Lo que tenemos es una (pre)campaña electoral en la que ya no se debaten propuestas o programas. Se trata de una batalla política de trincheras en la que cotiza al alza atizar al rival,
el marketing, la impostura y los discursos vacíos de contenido. Palabras huecas para un país lleno de problemas. No hay un verdadero análisis de las propuestas económicas y sociales de los aspirantes a presidir este país. Todo se resume en si un partido graba un spot, si otro partido tiene un logo con un corazón, si se debate a cuatro o si unos son de una trinchera y otros de la contraria. El «y tú más» se ha puesto de moda. Polarizando al máximo la campaña electoral. ¡Al rico cliché, oiga!

La clase política no está dando la talla ni está a la altura de las circunstancias que requiere un momento como este. Un país con un acuciante 20% de desempleo, una deuda pública que supera el 100% del PIB (en realidad, mucho más), que tiene a la UE acechando con multas por incumplir el déficit y requiriendo nuevos ajustes; no puede tener a sus partidos políticos discutiendo temas intrascendentes (casi de patio de colegio) o sucesos que ocurren en «provincias» españolas de reciente creación situadas al otro lado del océano Atlántico. Nadie habla de la sostenibilidad del sistema de pensiones (que se nos va a pique), de un nuevo modelo productivo o de una revisión del conjunto del sistema fiscal (una verdadera reforma de fondo, no una simple subida o bajada de tipos impositivos). Asuntos serios, vaya.
 
Citando al gran Carlos Alsina: a los políticos se les ve el cartón. Aunque, eso sí, la responsabilidad no es solo de estos cuatro fantásticos. Los medios de comunicación (que no de información) también fomentan y avivan en prensa, radio y televisión el debate de cosas nimias y carentes de importancia. Cuestiones de absoluta irrelevancia para el ciudadano de a pie que se prolongan en interminables y soporíferas tertulias políticas. Cansado estoy ya de ver políticos desfilar por platós de televisión en programas inútiles para hacernos ver que ellos también pisan la calle y son como nosotros. Ya. No son como nosotros. Nosotros, por ejemplo, no podemos subir o bajar los impuestos, ellos sí. Doy el dato.

¿Cuándo afrontarán los verdaderos problemas de este país? ¿Tras el 26 de junio obtendremos una solución a aquellos asuntos pendientes? Quién sabe. De momento sigamos malgastando el tiempo con este absurdo juego lúdico del que en breve nos acordaremos. ¡Vaya si nos acordaremos! Que en esta guerra... los vencidos seremos los de siempre.
sábado, 26 de marzo de 2016 0 COMENTARIOS

Olvídense de una segunda transición

Fuente: ociogo.com
Así se lo comentaba anoche a un amigo: el actual sistema político está magníficamente apuntalado desde el año 1978 como para que actualmente podamos hablar de una segunda transición. El panorama político e institucional me lleva a pensar que lo que se está produciendo no es más que un mero lavado de cara donde no se producirán cambios sustanciales. Olvídense de reformas constitucionales, supresión de Diputaciones, del Senado o de los aforamientos. Todo seguirá igual. Al menos por el momento. Olvídense de una segunda transición.

Vayan por delante mis disculpas. Siento ser tan agorero y pesimista, pero es la cruda realidad que nos muestra la carta otorgada de 1978. Como bien ilustra Jiménez Asensio en este buenísimo artículo en su blog, todo quedó «atado y bien atado». Y, bajo mi punto de vista, es cierto. Para ilustrarlo, pondré algunos ejemplos:

A) Cualquier reforma constitucional (ya afecte a cuestiones «menores» o temas de «gran calado») necesita de amplios apoyos parlamentarios.

  • Para cuestiones «menores» (organización territorial del Estado, por ejemplo) son necesarios 210 escaños en el Congreso  y 162 en el actual Senado si no me fallan las cuentas, aunque también se puede aprobar una reforma con mayoría de dos tercios en el Congreso (233) y mayoría absoluta del Senado (134). Incluso puede ser sometida a referéndum si lo solicitan un 10% de los miembros de ambas cámaras.
  • Para asuntos importantes del núcleo duro de la Constitución (reforma de la Corona, derechos fundamentales o Título Preliminar) se requiere de 233 votos en el Congreso, 177 en el Senado y posterior referéndum.
En síntesis, ante el pluripartidismo que tenemos a día de hoy -y parece ser que perdurará algunas legislaturas más- será una tarea de gran enjundia poner de acuerdo a tantos partidos para una hipotética reforma de la Constitución. Este procedimiento está pensado para que cualquier modificación necesite del beneplácito del partido que ha ganado las elecciones o de una amalgama de partidos difícil de alcanzar. Olvídense de una segunda transición.

B) Para modificar la ley electoral se necesita también de mayoría absoluta en el Congreso -176 votos- debido a que tiene rango de Ley Orgánica.  Ello implica que será necesario una gran cantidad de negociaciones multilaterales y un consenso complicado de conseguir entre unos partidos que solamente se han puesto de acuerdo para irse de vacaciones. Créanme que si algún partido en los próximos años consigue mayoría absoluta en el Congreso no querrá alterar el sistema electoral que les habrá aupado al poder. Los partidos siempre piden modificar la ley electoral cuando les perjudica pero no cuando les beneficia. Y al partido que eventualmente le beneficie probablemente tenga escaños suficientes como para bloquear tal reforma.

De hecho, el actual régimen electoral está montado para dar más escaños al partido que gana las elecciones con el propósito de garantizar la estabilidad a la hora de gobernar. Me río del sistema de voto proporcional que recoge la propia Constitución. Tururú. La ley electoral se diseñó, en su día, para que la UCD ganara la mayoría absoluta con el mínimo posible de votos. Hagan ustedes cálculos y memoria de lo acontecido en los últimos 40 años y saquen conclusiones. Olvídense de una segunda transición.

C) El Senado es una institución que puede bloquear (o al menos obstaculizar) cualquier conato de iniciativa, cambio o reforma en este país. Siempre se dice que no sirve para nada o que es un cementerio de dinosaurios políticos. Estoy de acuerdo en lo segundo pero no en lo primero. Su papel en casi todos los asuntos es secundario, sí. Pero es una institución que adquiere gran relevancia y poder para, entre otras funciones: las ya mencionadas reformas constitucionales, el nombramiento de algunos magistrados del Constitucional, de algunos vocales del CGPJ o para la autorización al Estado en la adopción de las medidas forzosas necesarias ante una CCAA si ésta incumple sus deberes constitucionales (lo de Cataluña, sí).

Si un partido político controla el Senado, basta la negativa de este ante cualquier asunto para retrasar su adopción o incluso bloquearlo. Véase, por ejemplo, una posible reforma constitucional y la negativa del Partido Popular a ello. El PP -como ya saben- tiene mayoría absoluta en el Senado, lo cual impediría tal reforma según los cálculos anteriormente expuestos. No teníamos Senado (salvo en la Constitución de 1812) y ni falta hacía. Esta institución, configurada como cámara de representación territorial (ay, qué risa), es un reducto de poder político trascendental para grandes partidos porque así se instauró en su día de manera deliberada. Olvídense de una segunda transición.

Terminando diré, a modo de resumen, que las próximas legislaturas estarán caracterizadas -como bien apunta Jiménez Asensio- por una estabilidad constitucional garantizada. Como mucho, veremos pequeños retoques institucionales, aunque ni siquiera cualquier ley ordinaria será fácil de aprobar. Las reformas profundas quedan para otro momento futuro, siempre y cuando, eso sí, no se pongan de acuerdo los dos grandes partidos. Ya vimos qué ocurrió cuando cierta persona, desde determinado despacho, descolgó un teléfono en verano del año 2011. Lo dicho: olvídense de una segunda transición.
viernes, 31 de julio de 2015 0 COMENTARIOS

Maquillando deuda pública

¿Que la deuda pública de España se nos va de las manos? No pasa nada: se utiliza otro método para calcularla y así parece que tenemos menos. Lo llamaremos deuda según el "protocolo de déficit excesivo". Básicamente el PDE deja de computar a efectos de deuda las operaciones comerciales del Estado (empresas públicas) e inversiones (principalmente de infraestructuras) ¡Olé!.

Tal es así que nos dicen que tenemos una deuda pública de 1,04 billones de euros (aproximadamente el 96 % del PIB) cuando la deuda real (pasivos en circulación) es de 1,54 billones (144 % del PIB) de euros. 500.000 millones de deuda de diferencia sacados de la chistera. Con dos bemoles.

Claro que los índices macro están mejorando, pero a base de crédito e hipotecando al país para muchos años. La risa vendrá cuando tengamos que devolver todo el dinero que nos están prestando. 

Yo voy a por palomitas.
lunes, 13 de julio de 2015 0 COMENTARIOS

La era del postureo

Tras un largo periodo de inactividad en muchos aspectos de mi vida he decidido  retomar esta sana costumbre de escribir de vez en cuando. Vuelvo a tener ganas de dejar plasmadas mis tonterías aquí. Gracias por leerme :-)

Nota del ingeniero colaborador: esto es un crítica mordaz.

Vivimos en una época en la que muchos de nosotros nos hemos convertido en auténticos productos. Me explico. Somos una sociedad que utilizamos la tecnología para mostrar al mundo con gran afán todas las facetas posibles de nuestra vida: qué lugares frecuentamos, qué comemos, cuánto deporte hacemos, cuantos "amigos" tenemos, lo imbéciles que somos escribiendo artículos, lo felices que somos o lo bien que nos lo pasamos en todas las fiestas a las que asistimos. Todo ello con un único propósito: vendernos de la mejor manera posible esperando que alguien nos compre. Y para conseguir ese producto perfecto digno de ser vendido, el oferente en ocasiones se ve obligado a mentir. Es ahí donde aparece el famoso "postureo" o también conocido simplemente como aparentar. 

Por ejemplo, no importa que odies el sushi del restaurante japonés al que has ido porque lo que realmente importa es que hayas hecho una foto al plato, le pongas un filtro para que quede bonito y la subas a todas las redes sociales posibles. Tienes que aparentar que te gusta el sushi o cualquier comida rara solo porque está de moda

Tampoco importa que no te guste la fiesta a la que has ido o que te lo estés pasando mal, lo primordial es que te hagas una foto con tus amigos poniendo sonrisas falsas, le pongas otro filtro y la titules con alguna frase de cualquier libro de Paulo Coelho que ni siquiera has leído. Es más, seguramente no sepas ni quién es Paulo Coelho. Pero repito: eso no importa. Lo que es necesario es que quien ha de comprar tu producto piense que te lo has pasado estupendamente. Porque, claro, las personas guays y modernas nunca se aburren por sus vidas molan mucho debido a que hacen muchísimas cosas interesantes.

Y así con todo.

A raíz de esto, si hemos creado este mercado virtual en el que los productos y oferentes somos nosotros mismos, ¿quiénes son los demandantes, quién nos compra? También nosotros. En este mercado desempeñamos ambos roles. Hay oferta porque, a su vez, hay demanda, claro está. Queremos conocer todo lo que nuestros amigos (virtuales o no) hacen en sus vidas cotidianas. Unas vidas plagadas de éxito, felicidad y todas esas cosas buenas que le pasan a la gente que mola.

Teniendo ya claro quienes son los actores de esta jovial atracción tecnológica, ¿cuál es la moneda con la que se pagan esos productos? El "like", el "me gusta". Es la palmadita en el hombro, el halago del siglo XXI. El gesto mediante el cual compramos lo que vemos. Clicando ese botón del infierno conseguimos insuflar, engordar y aumentar el ego de esa persona que mola tanto y que ha hecho un esfuerzo por vender un trocito de su vida para ti. Algunos parece ser que miden su felicidad en números. En números de likes y comentarios. 

Hace no mucho tiempo un amigo me contaba que algunas personas de su facebook que no conocía mucho creía que sus vidas eran muy interesantes. A la vista de lo que publicaban en redes sociales era todo cosas bonitas repletas de viajes, cenas, aventuras, felicidad y alegría. Le dije probablemente que la vida de esas personas era la misma que la suya y la mía, de gente normal y corriente. Solo que no nos encargábamos de maquillarla. O al menos, no tanto.

Creedme. Como cualquier otro ser humano, esas personas también tienen momentos que no son tan dignos de ser publicados porque no podrían mejorarse ni con el mejor filtro de Instagram.
miércoles, 9 de abril de 2014 2 COMENTARIOS

Por qué odio WhatsApp


Desde hace bastante tiempo que he desarrollado una fuerte animadversión a esta aplicación de mensajería instantánea por los motivos que seguidamente mostraré. No me gusta absolutamente nada. ¿Por qué? Ahí va:

Whatsapp provoca adicción. Hace unos cuantos años era capaz de poder desempeñar y realizar cualquier tarea o hacer cualquier cosa sin tener que estar continuamente mirando mi móvil para verificar que no tenía un nuevo mensaje. Ahora (vivo) vivimos totalmente enganchados al teléfono hasta tal punto que sin él nos volvemos paranoicos. Nos es difícil (por no decir imposible) y nos provoca ansiedad no tener un smartphone de estos cerca. Me sorprendió ver cómo desvariaba la gente aquel día en los que los servidores de Whatsapp estuvieron caídos unas 3 ó 4 horas. La gente, al verse incomunicada, desesperadamente huyó despavorida hacia Telegram, otra aplicación de mensajes similar. Ay...

Whatsapp disminuye la productividad. Un día cometí el fallo (o el acierto, según se mire) de salir de casa de buena mañana camino de la Universidad dejándome el teléfono en mi habitación. En un primer momento pensé: "Ay, estoy incomunicado. No voy a poder hablar con la gente". [Modo "Ironía" ON] Me replanteé mi existencia ante tal fatalidad [Modo "Ironía" OFF]. ¡Cuan equivocado estaba! Al rato me di cuenta del porqué. Estuve todo el día tranquilo, sin preocupaciones, sin agobios por saber si me habían escrito algo importante, sin llamadas, sin soniditos de notificaciones de mensajes y sin distracciones por tener que estar mirando el móvil cada 5 minutos

En definitiva, ese día noté como aproveché más las horas de estudio por el simple hecho de no tener el telefonito delante. Os invito a que lo probéis: estad un día entero sin tocar el móvil y me contáis. Ya veréis lo tranquilos que estáis aunque podáis pensar lo contrario. Que no os vais a morir. 

Ah, cuando llegué por la noche tenía chorrocientos mil mensajes de la aplicación del demonio, cinco llamadas perdidas... ¡y hasta un SMS!

WhatsApp banaliza la comunicación. Ya que la aplicación "es gratis" (o casi gratis) y no pagamos en función de la cantidad de mensajes que enviamos (como sí pasaba con los SMS's), ahora mantenemos a través de nuestras pantallas conversaciones en muchos casos intrascendentes y verdaderamente inútiles que carecen de sentido e importancia. Véase ciertos grupos cuyo contenido se reduce a imágenes de humor, vídeos tontos e imbecilidades variaditas. WhatsApp no nos comunica, solamente nos conecta. Sin contenido, sin sentido. En resumen, como se titula cierto programa de radio: "Hablar por hablar"

WhatsApp no muestra nuestra expresividad. Hace bien poco mantuve con un buen amigo mío una breve charla mediante el uso de esta aplicación. Yo, intencionadamente, intenté mostrarle mi actitud jocosa haciendo como que me ponía serio ante cierto tema de conversación. ¿Cuál es el el problema? Que por escrito ya se sabe que es mucho más difícil mostrar la expresividad, los gestos, el estado de ánimo, la ironía o el sarcasmo que si lo hiciéramos de manera verbal.

Tal es así que, intentando que con mi falsa actitud seria pudiéramos echarnos unas risas, no solo no le hizo gracia sino que hasta le sentó mal mi seriedad debido a que pensó que estaba mosqueado de verdad. Para evitar problemas de este calibre mucho mejor sería que volviéramos a comunicarnos como hasta hace no mucho: cara a cara. Pero no, parece ser que ahora sale mucho más fácil hacerlo por móvil. Y ya ni siquiera por voz.

WhatsApp empobrece el lenguaje. Esto no es algo característico ni específico de Whatsapp, más bien desde que comenzó a ponerse de moda la comunicación mediante SMS. Cada vez escribimos peor y con más y mayores faltas de ortografía. Antes, con el SMS podía servir la excusa de que ahorrábamos letras para poder decir más con menos. Pero, ¿y ahora?

WhatsApp nos hace creer que ahorramos en la factura. Haz una cosa: encuentra una factura de hace 5 años y compárala con otra del mes pasado. ¿Seguro que ahora ahorras más? ¿O simplemente lo que te cobraban en llamadas y SMS's ahora te lo cobran en tarifa de datos? ;-)

Así podría seguir un buen rato más arguyendo mis motivos por los cuales le tengo este absoluto odio a WhatsApp. Extiéndase mis argumentos a aplicaciones similares como Telegram o Line. Estoy seguro que este tipo de aplicaciones de mensajería instantánea con un buen uso mesurado puede resultar beneficioso y útil. Pero por desgracia, creo que no es así. La tecnología no debería ser sinómino de involución tal y como parece ser que está ocurriendo -al menos en el campo de la comunicación- a pasos agigantados.

Si a día de hoy sigo con esta aplicación instalada en mi teléfono es porque parece ser que actualmente por desgracia es la única forma de comunicarme con mis allegados. Si eres joven y no tienes WhatsApp no existes, te miran raro.

Yo mismo me preguntaba hace tiempo cómo podían vivir nuestros familiares hace 25 años sin móviles. Ahora empiezo a cuestionarme cómo nosotros, hoy en día, podemos vivir tan esclavizados a la tecnología.

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