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miércoles, 21 de junio de 2017 1 COMENTARIOS

Buena voluntad tributaria

Fuente: marca.com
Leo en prensa digital que el afamado jugador de fútbol Cristiano Ronaldo pagará los 14,7 millones de euros que debe a la Agencia Tributaria de manera preventiva "con la intención de mostrar su buena voluntad". Y es que resulta que el portugués, al igual que otros deportistas del balompié, ha sido inspeccionado por Hacienda por tratar de ocultar ingresos procedentes de sus derechos de imagen a través varias sociedades pantallas.

Me sorprende que los medios enfaticen en mostrar la buena voluntad del jugador ante el fisco cuando realmente pretenden camuflar o disimular lo que verdaderamente hay detrás: que Cristiano Ronaldo ha sido acusado de un cúadruple delito fiscal y que el pago de la deuda de forma anticipada es fruto de un pacto con la Fiscalía para reducir una posible pena y de esta forma evitar su entrada en prisión (en el caso de que la sentencia fuera condenatoria, claro está).

Si este hubiera abonado en tiempo y forma sus obligaciones tributarias quizá sí podríamos hablar de buena voluntad, pero no ahora. No cuando la Fiscalía le acusa de cometer delitos fiscales. Por ello, predicar la buena voluntad del jugador en este momento es, cuanto menos, cuestionable. Al menos a mí me suena a chiste. La buena voluntad, bajo mi punto de vista, es cumplir con Hacienda cuando toca. Lo de ahora es una posibilidad (legal) que le brindaba la Agencia Tributaria como atenuante ante una futura hipotética sentencia condenatoria.

Pero oiga, que igual el Juez no ve indicios de delito fiscal y todo lo dicho carece de efectos. Que a este hombre, como al resto, le ampara la presunción de inocencia. Esperaremos, pues, al fallo judicial. Lo de los diferentes grados de percepción del fraude fiscal en función de si el defraudador es un cargo político o un jugador de fútbol (o un famoso cantante) mejor lo dejamos para otro día.
lunes, 6 de junio de 2016 1 COMENTARIOS

Campaña electoral de trincheras

Fuente: abc.es
Tras haber comprobado el nulo efecto del juego de pactos (o de tronos) en el Congreso de los Diputados, nos encaminamos de nuevo a otras elecciones generales. Una nueva llamada a las urnas que, de manera inevitable, lleva aparejada su tradicional campaña electoral. Digo inevitable porque ojalá nos la pudiéramos ahorrar, pues ya sabe el electorado qué dicen, qué piensan y cuáles son las intenciones de los principales partidos políticos; no es necesaria una nueva campaña para que los portavoces y líderes de las distintas fuerzas nos recuerden lo bien que lo han hecho ellos y lo mal que lo han hecho sus adversarios en estos meses.

Este juego promocional tendría sentido si, al menos, estuviera marcado por ideas y propuestas sólidas. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Lo que tenemos es una (pre)campaña electoral en la que ya no se debaten propuestas o programas. Se trata de una batalla política de trincheras en la que cotiza al alza atizar al rival,
el marketing, la impostura y los discursos vacíos de contenido. Palabras huecas para un país lleno de problemas. No hay un verdadero análisis de las propuestas económicas y sociales de los aspirantes a presidir este país. Todo se resume en si un partido graba un spot, si otro partido tiene un logo con un corazón, si se debate a cuatro o si unos son de una trinchera y otros de la contraria. El «y tú más» se ha puesto de moda. Polarizando al máximo la campaña electoral. ¡Al rico cliché, oiga!

La clase política no está dando la talla ni está a la altura de las circunstancias que requiere un momento como este. Un país con un acuciante 20% de desempleo, una deuda pública que supera el 100% del PIB (en realidad, mucho más), que tiene a la UE acechando con multas por incumplir el déficit y requiriendo nuevos ajustes; no puede tener a sus partidos políticos discutiendo temas intrascendentes (casi de patio de colegio) o sucesos que ocurren en «provincias» españolas de reciente creación situadas al otro lado del océano Atlántico. Nadie habla de la sostenibilidad del sistema de pensiones (que se nos va a pique), de un nuevo modelo productivo o de una revisión del conjunto del sistema fiscal (una verdadera reforma de fondo, no una simple subida o bajada de tipos impositivos). Asuntos serios, vaya.
 
Citando al gran Carlos Alsina: a los políticos se les ve el cartón. Aunque, eso sí, la responsabilidad no es solo de estos cuatro fantásticos. Los medios de comunicación (que no de información) también fomentan y avivan en prensa, radio y televisión el debate de cosas nimias y carentes de importancia. Cuestiones de absoluta irrelevancia para el ciudadano de a pie que se prolongan en interminables y soporíferas tertulias políticas. Cansado estoy ya de ver políticos desfilar por platós de televisión en programas inútiles para hacernos ver que ellos también pisan la calle y son como nosotros. Ya. No son como nosotros. Nosotros, por ejemplo, no podemos subir o bajar los impuestos, ellos sí. Doy el dato.

¿Cuándo afrontarán los verdaderos problemas de este país? ¿Tras el 26 de junio obtendremos una solución a aquellos asuntos pendientes? Quién sabe. De momento sigamos malgastando el tiempo con este absurdo juego lúdico del que en breve nos acordaremos. ¡Vaya si nos acordaremos! Que en esta guerra... los vencidos seremos los de siempre.
sábado, 26 de marzo de 2016 0 COMENTARIOS

Olvídense de una segunda transición

Fuente: ociogo.com
Así se lo comentaba anoche a un amigo: el actual sistema político está magníficamente apuntalado desde el año 1978 como para que actualmente podamos hablar de una segunda transición. El panorama político e institucional me lleva a pensar que lo que se está produciendo no es más que un mero lavado de cara donde no se producirán cambios sustanciales. Olvídense de reformas constitucionales, supresión de Diputaciones, del Senado o de los aforamientos. Todo seguirá igual. Al menos por el momento. Olvídense de una segunda transición.

Vayan por delante mis disculpas. Siento ser tan agorero y pesimista, pero es la cruda realidad que nos muestra la carta otorgada de 1978. Como bien ilustra Jiménez Asensio en este buenísimo artículo en su blog, todo quedó «atado y bien atado». Y, bajo mi punto de vista, es cierto. Para ilustrarlo, pondré algunos ejemplos:

A) Cualquier reforma constitucional (ya afecte a cuestiones «menores» o temas de «gran calado») necesita de amplios apoyos parlamentarios.

  • Para cuestiones «menores» (organización territorial del Estado, por ejemplo) son necesarios 210 escaños en el Congreso  y 162 en el actual Senado si no me fallan las cuentas, aunque también se puede aprobar una reforma con mayoría de dos tercios en el Congreso (233) y mayoría absoluta del Senado (134). Incluso puede ser sometida a referéndum si lo solicitan un 10% de los miembros de ambas cámaras.
  • Para asuntos importantes del núcleo duro de la Constitución (reforma de la Corona, derechos fundamentales o Título Preliminar) se requiere de 233 votos en el Congreso, 177 en el Senado y posterior referéndum.
En síntesis, ante el pluripartidismo que tenemos a día de hoy -y parece ser que perdurará algunas legislaturas más- será una tarea de gran enjundia poner de acuerdo a tantos partidos para una hipotética reforma de la Constitución. Este procedimiento está pensado para que cualquier modificación necesite del beneplácito del partido que ha ganado las elecciones o de una amalgama de partidos difícil de alcanzar. Olvídense de una segunda transición.

B) Para modificar la ley electoral se necesita también de mayoría absoluta en el Congreso -176 votos- debido a que tiene rango de Ley Orgánica.  Ello implica que será necesario una gran cantidad de negociaciones multilaterales y un consenso complicado de conseguir entre unos partidos que solamente se han puesto de acuerdo para irse de vacaciones. Créanme que si algún partido en los próximos años consigue mayoría absoluta en el Congreso no querrá alterar el sistema electoral que les habrá aupado al poder. Los partidos siempre piden modificar la ley electoral cuando les perjudica pero no cuando les beneficia. Y al partido que eventualmente le beneficie probablemente tenga escaños suficientes como para bloquear tal reforma.

De hecho, el actual régimen electoral está montado para dar más escaños al partido que gana las elecciones con el propósito de garantizar la estabilidad a la hora de gobernar. Me río del sistema de voto proporcional que recoge la propia Constitución. Tururú. La ley electoral se diseñó, en su día, para que la UCD ganara la mayoría absoluta con el mínimo posible de votos. Hagan ustedes cálculos y memoria de lo acontecido en los últimos 40 años y saquen conclusiones. Olvídense de una segunda transición.

C) El Senado es una institución que puede bloquear (o al menos obstaculizar) cualquier conato de iniciativa, cambio o reforma en este país. Siempre se dice que no sirve para nada o que es un cementerio de dinosaurios políticos. Estoy de acuerdo en lo segundo pero no en lo primero. Su papel en casi todos los asuntos es secundario, sí. Pero es una institución que adquiere gran relevancia y poder para, entre otras funciones: las ya mencionadas reformas constitucionales, el nombramiento de algunos magistrados del Constitucional, de algunos vocales del CGPJ o para la autorización al Estado en la adopción de las medidas forzosas necesarias ante una CCAA si ésta incumple sus deberes constitucionales (lo de Cataluña, sí).

Si un partido político controla el Senado, basta la negativa de este ante cualquier asunto para retrasar su adopción o incluso bloquearlo. Véase, por ejemplo, una posible reforma constitucional y la negativa del Partido Popular a ello. El PP -como ya saben- tiene mayoría absoluta en el Senado, lo cual impediría tal reforma según los cálculos anteriormente expuestos. No teníamos Senado (salvo en la Constitución de 1812) y ni falta hacía. Esta institución, configurada como cámara de representación territorial (ay, qué risa), es un reducto de poder político trascendental para grandes partidos porque así se instauró en su día de manera deliberada. Olvídense de una segunda transición.

Terminando diré, a modo de resumen, que las próximas legislaturas estarán caracterizadas -como bien apunta Jiménez Asensio- por una estabilidad constitucional garantizada. Como mucho, veremos pequeños retoques institucionales, aunque ni siquiera cualquier ley ordinaria será fácil de aprobar. Las reformas profundas quedan para otro momento futuro, siempre y cuando, eso sí, no se pongan de acuerdo los dos grandes partidos. Ya vimos qué ocurrió cuando cierta persona, desde determinado despacho, descolgó un teléfono en verano del año 2011. Lo dicho: olvídense de una segunda transición.
viernes, 31 de julio de 2015 0 COMENTARIOS

Maquillando deuda pública

¿Que la deuda pública de España se nos va de las manos? No pasa nada: se utiliza otro método para calcularla y así parece que tenemos menos. Lo llamaremos deuda según el "protocolo de déficit excesivo". Básicamente el PDE deja de computar a efectos de deuda las operaciones comerciales del Estado (empresas públicas) e inversiones (principalmente de infraestructuras) ¡Olé!.

Tal es así que nos dicen que tenemos una deuda pública de 1,04 billones de euros (aproximadamente el 96 % del PIB) cuando la deuda real (pasivos en circulación) es de 1,54 billones (144 % del PIB) de euros. 500.000 millones de deuda de diferencia sacados de la chistera. Con dos bemoles.

Claro que los índices macro están mejorando, pero a base de crédito e hipotecando al país para muchos años. La risa vendrá cuando tengamos que devolver todo el dinero que nos están prestando. 

Yo voy a por palomitas.
miércoles, 9 de abril de 2014 2 COMENTARIOS

Por qué odio WhatsApp


Desde hace bastante tiempo que he desarrollado una fuerte animadversión a esta aplicación de mensajería instantánea por los motivos que seguidamente mostraré. No me gusta absolutamente nada. ¿Por qué? Ahí va:

Whatsapp provoca adicción. Hace unos cuantos años era capaz de poder desempeñar y realizar cualquier tarea o hacer cualquier cosa sin tener que estar continuamente mirando mi móvil para verificar que no tenía un nuevo mensaje. Ahora (vivo) vivimos totalmente enganchados al teléfono hasta tal punto que sin él nos volvemos paranoicos. Nos es difícil (por no decir imposible) y nos provoca ansiedad no tener un smartphone de estos cerca. Me sorprendió ver cómo desvariaba la gente aquel día en los que los servidores de Whatsapp estuvieron caídos unas 3 ó 4 horas. La gente, al verse incomunicada, desesperadamente huyó despavorida hacia Telegram, otra aplicación de mensajes similar. Ay...

Whatsapp disminuye la productividad. Un día cometí el fallo (o el acierto, según se mire) de salir de casa de buena mañana camino de la Universidad dejándome el teléfono en mi habitación. En un primer momento pensé: "Ay, estoy incomunicado. No voy a poder hablar con la gente". [Modo "Ironía" ON] Me replanteé mi existencia ante tal fatalidad [Modo "Ironía" OFF]. ¡Cuan equivocado estaba! Al rato me di cuenta del porqué. Estuve todo el día tranquilo, sin preocupaciones, sin agobios por saber si me habían escrito algo importante, sin llamadas, sin soniditos de notificaciones de mensajes y sin distracciones por tener que estar mirando el móvil cada 5 minutos. 

En definitiva, ese día noté como aproveché más las horas de estudio por el simple hecho de no tener el telefonito delante. Os invito a que lo probéis: estad un día entero sin tocar el móvil y me contáis. Ya veréis lo tranquilos que estáis aunque podáis pensar lo contrario. Que no os vais a morir. 

Ah, cuando llegué por la noche tenía chorrocientos mil mensajes de la aplicación del demonio, cinco llamadas perdidas... ¡y hasta un SMS!

WhatsApp banaliza la comunicación. Ya que la aplicación "es gratis" (o casi gratis) y no pagamos en función de la cantidad de mensajes que enviamos (como sí pasaba con los SMS's), ahora mantenemos a través de nuestras pantallas conversaciones en muchos casos intrascendentes y verdaderamente inútiles que carecen de sentido e importancia. Véase ciertos grupos cuyo contenido se reduce a imágenes de humor, vídeos tontos e imbecilidades variaditas. WhatsApp no nos comunica, solamente nos conecta. Sin contenido, sin sentido. En resumen, como se titula cierto programa de radio: "Hablar por hablar"

WhatsApp no muestra nuestra expresividad. Hace bien poco mantuve con un buen amigo mío una breve charla mediante el uso de esta aplicación. Yo, intencionadamente, intenté mostrarle mi actitud jocosa haciendo como que me ponía serio ante cierto tema de conversación. ¿Cuál es el el problema? Que por escrito ya se sabe que es mucho más difícil mostrar la expresividad, los gestos, el estado de ánimo, la ironía o el sarcasmo que si lo hiciéramos de manera verbal.

Tal es así que, intentando que con mi falsa actitud seria pudiéramos echarnos unas risas, no solo no le hizo gracia sino que hasta le sentó mal mi seriedad debido a que pensó que estaba mosqueado de verdad. Para evitar problemas de este calibre mucho mejor sería que volviéramos a comunicarnos como hasta hace no mucho: cara a cara. Pero no, parece ser que ahora sale mucho más fácil hacerlo por móvil. Y ya ni siquiera por voz.

WhatsApp empobrece el lenguaje. Esto no es algo característico ni específico de Whatsapp, más bien desde que comenzó a ponerse de moda la comunicación mediante SMS. Cada vez escribimos peor y con más y mayores faltas de ortografía. Antes, con el SMS podía servir la excusa de que ahorrábamos letras para poder decir más con menos. Pero, ¿y ahora?

WhatsApp nos hace creer que ahorramos en la factura. Haz una cosa: encuentra una factura de hace 5 años y compárala con otra del mes pasado. ¿Seguro que ahora ahorras más? ¿O simplemente lo que te cobraban en llamadas y SMS's ahora te lo cobran en tarifa de datos? ;-)

Así podría seguir un buen rato más arguyendo mis motivos por los cuales le tengo este absoluto odio a WhatsApp. Extiéndase mis argumentos a aplicaciones similares como Telegram o Line. Estoy seguro que este tipo de aplicaciones de mensajería instantánea con un buen uso mesurado puede resultar beneficioso y útil. Pero por desgracia, creo que no es así. La tecnología no debería ser sinómino de involución tal y como parece ser que está ocurriendo -al menos en el campo de la comunicación- a pasos agigantados.

Si a día de hoy sigo con esta aplicación instalada en mi teléfono es porque parece ser que actualmente por desgracia es la única forma de comunicarme con mis allegados. Si eres joven y no tienes WhatsApp no existes, te miran raro.

Yo mismo me preguntaba hace tiempo cómo podían vivir nuestros familiares hace 25 años sin móviles. Ahora empiezo a cuestionarme cómo nosotros, hoy en día, podemos vivir tan esclavizados a la tecnología.
miércoles, 11 de diciembre de 2013 0 COMENTARIOS

Algo falla

Esta noche, de camino a casa, he visto a un hombre de mediana edad (no tendría más de 40 años) buscando comida en unos contenedores que estaban en la calle. Linterna en mano, el pobre hombre estaba tratando de encontrar algo que comer. Le daba igual que todo el mundo que por allí pasaba pudiera verle rebuscando entre la basura. Muy probablemente, sería lo último que le importaba.

¿Qué cojones está pasando? ¿Cómo hemos podido llegar a esto? 

Me hace gracia ver, a día de hoy, a nuestros políticos y gobernantes cuando dicen que "lo peor de la crisis ya ha pasado", "el año que viene empezaremos a remontar y crearemos empleo" o, la que más risa me hace: "tenemos que hacer un esfuerzo entre todos, hay que apretarse el cinturón". ¿Esfuerzo? Hay gente que no tiene ni para comer, señora.

Saber que hay gente buscando en la basura para COMER no es una noticia esperanzadora, no. Me paso por el forro al Gobierno, a la Merkel, a la Unión Europea (valga la redundancia), a la Troika y a toda su puta madre. A todo el sistema financiero, agencias de calificación, partidos políticos y demás mangantes, chorizos y estafadores que nos han llevado a esta situación. No se han hecho (ni se están haciendo) las cosas bien, no. Que, cuando ves a alguien buscar comida entre bolsas de basuras, te das cuenta de que... algo falla.

Lo siento, tenía que desahogarme.


sábado, 9 de noviembre de 2013 2 COMENTARIOS

Ni estudian ni (me) dejan estudiar


NOTA: Por motivos puramente académicos, me he visto obligado a dejar un poco de lado este humilde blog que nació hace poco más de un año para que pudiese contar en él mis peripecias, historias y opiniones al mundo. Hace ya más de dos meses desde la última vez que escribí aquí y, siendo sincero, es algo que no me gusta. Escribir en un pequeño lugar como este es una de mis aficiones preferidas que quiero seguir practicando. Y espero poder seguir haciéndolo con tanta asiduidad como meses atrás. :-)

Las bibliotecas, desde siempre, han sido para mí el último lugar al que un servidor acudía para estudiar. En ellas, nunca he podido alcanzar un grado de concentración idóneo para empollar debido a que mis raros métodos de estudio me lo impedían. Yo, durante mucho tiempo, he sido de estudiar sólo y además en voz alta, dando vueltas por mi casa mientras me relato el temario a mí mismo. Y claro, eso en una sala de estudio no puedo hacerlo a no ser que quisiera que me echasen de las bibliotecas a empujones y que la Federación Española de Bibliotecarios (que existe, por cierto) me declarara persona non grata.

Pero, por motivos que no vienen ahora al caso, desde hace un par de meses me he visto cuasi obligado a pisar una biblioteca para estudiar en ella una media de 6-7 horas diarias. Con la tirria histórica que he tenido a estudiar en una biblioteca, al final me he acostumbrado y, con más o con menos dificultad, he podido adaptar mis métodos de estudio para aumentar la productividad estudiantil en pro de conseguir buenos resultados académicos.

Evidentemente, (estaréis de acuerdo conmigo) pasar tanto tiempo en una biblioteca hace que veas a diario todo tipo de flora y fauna estudiantil. Gente que allí acude a buscar un lugar donde poder concentrarse y estudiar. Bueno... al menos no todos. Hay cierta gente que parece que tenga como intención tocar los cojones molestar al resto. Y, sí, este es el tema del que quería hablar hoy, lo que pasa es que me enrollo como las persianas.

Por desgracia, no todo individuo que acude a una biblioteca tiene como objetivo estudiar. O al menos, no es su propósito principal. Es un problema que sufro en mis carnes prácticamente a diario. Estoy harto de soportar a ese grupito que lo único que hace es incordiar debido a que se pasan todo el tiempo que allí permanecen, continuamente hablando y contándose entre ellos qué hicieron o cuánto bebieron el finde anterior o situaciones similares. Y algunos no precisamente en voz baja. Además de que lo último que hacen es estudiar (que eso me da igual, aunque luego bien que se quejarán de no les dan la beca...) molestan muchísimo a todos aquellos que vamos a una biblioteca a intentar concentrarnos y poder estudiar tranquilos. Creo que tampoco pido mucho: sentido común y respeto.

Escribo esto porque no es un caso aislado, o dos. No. Es una situación que, al menos a mí (será que tengo yo mala suerte) me ocurre casi cada día. Precisamente, hace unos pocos días tuve la inmensa fortuna de sentarme en una mesa muy próxima a la que estaban un par de chicos que estuvieron toda la puta mañana hablando entre ellos como si estuvieran en un bar. Después de varios "ssssshhhhh" tuve que cambiarme de sitio porque después de una hora de reloj me estaba enterando más de la interesante conversación que estaban teniendo entre ellos que del temario que tenía en mis narices.

Lo que más gracia me hace es verles las caritas a esta gente cuando les mandas callar. Algunos hasta me han llegado a mirar mal, como si ellos pensaran que están en una cafetería o si estuviera mal visto que en las bibliotecas impere el silencio para que los que sí queremos concentrarnos, podamos estudiar.

Precisamente, la universidad donde un servidor estudia es conocedora de este problema y por ello lanzaron una "Campaña de silencio" pegando carteles por las diferentes bibliotecas de las facultades de la universidad para concienciar a toda la pipol de que en la biblioteca uno tiene que estar calladito para no molestar al resto. 

Pues vamos, ni por esas.
domingo, 1 de septiembre de 2013 1 COMENTARIOS

Las prisas por ser senador

El Senado: esa cosa que nadie sabe para qué sirve, pero que ahí está.

Desde que estudié por primera vez la Constitución me sorprendió la cantidad de mentiras que ella contiene. Ya lo conté en este blog en un par de ocasiones (aquí y aquí). También me asombró leer los privilegios parlamentarios que poseen nuestros mandatarios. 

Y sobre eso precisamente voy a escribir hoy, para así intentar explicar los sospechosos movimientos de cierto cargo político.

Empecemos por explicar dichos privilegios. El Artículo 71.1 de la Constitución dice que: 
1. Los Diputados y Senadores gozarán de inviolabilidad por las opiniones manifestadas en el ejercicio de sus funciones. 

Vamos, que ellos pueden decir lo que les salga de los bemoles sin problema alguno. No se les puede apercibir de ningún modo por ello.

Justo debajo, el Artículo 71.2 y el 71.3 dicen lo siguiente:
 2. Durante el período de su mandato los Diputados y Senadores gozarán asimismo de inmunidad y sólo podrán ser detenidos en caso de flagrante delito. No podrán ser inculpados ni procesados sin la previa autorización de la Cámara respectiva.

3. En las causas contra Diputados y Senadores será competente la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.

Aquí está el meollo de la cuestión. Según esto, los Diputados y Senadores son "intocables" y no se les puede detener, a no ser que se les coja con las manos en la masa mientras están matando a una persona o algún caso similar. 

Tampoco pueden ser imputados ni procesados judicialmente con excepción del Tribunal Supremo. Vamos, lo que es la inmunidad diplomática de toda la vida.

Con estos derechos de lujo, tanto el Senado como el Congreso son lugares idóneos para refugiarse si algún pez gordo tiene problemillas con la justicia, ¿no? Al menos, eso debe pensar José Antonio Griñán (PSOE) al que el Caso ERE le está empezando a soplar en la nuca. 

Jose Antonio Griñán
Este hombre renunció a la reelección como Presidente de la Junta de Andalucía y un tiempo después anunció que dimitía de dicho cargo. Ahora, a contrarreloj, quiere convertirse en senador nacional.

¿Por qué? Bien, se comenta que hay posibilidades de que la Juez Alaya (la que instruye el caso de los ERE) proceda a imputarle a finales de septiembre. Y Griñán no es tonto. Sabe que un escaño en el Senado le puede servir de escudo para así evitar una posible imputación en el Caso ERE. Porque como he dicho antes, un Senador goza de inmunidad y sólo puede ser jugzado por el Tribunal Supremo. Y el caso ERE está siendo investigado por un Juzgado de Instrucción de Sevilla que, obviamente, no es ni de lejos el Tribunal Supremo.

Así que, si alguna vez te preguntan para qué sirve el Senado, ya sabes qué has de responder.

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